Laudatio de Mario Vargas Llosa
Jorge Eduardo Ritter
El acto solemne que hoy nos congrega, en el que, dentro de breves momentos, Mario Vargas Llosa habrá de recibir el doctorado Honoris Causa de la Universidad Latina, reviste una condición especial, que no por obvia debe callarse: honra más a quien lo otorga que a quien lo recibe. Pues mientras que el homenaje que hoy se le tributa palidece frente a los ya recibidos, esta universidad, en cambio, ostenta desde hoy una distinción singular: la de contar entre los recipiendarios de sus títulos a un verdadero gigante de la literatura.
Tanto se ha dicho y escrito sobre la vida y sus obras pasadas, y hasta de la vida y sus obras futuras, de ese peruano, de ese latinoamericano, que el año pasado fue galardonado con el premio Nobel de Literatura, que se ha convertido en un lugar común señalar que ya nada novedoso puede añadirse sobre el autor que la crítica más rigurosa y, más importante aún, los lectores del mundo entero, han consagrado como uno de los grandes escritores contemporáneos.
Si este fuera un acto regido sólo por la crítica literaria y el análisis académico, palabras para presentar a Mario Vargas Llosa estarían, por ociosas, de más. Pero es que al margen de celebrar que, bajo la presidencia del escritor Juan José Armas Marcelo, la Universidad Latina será la sede de la cátedra Mario Vargas Llosa, este acto se ha convocado para honrar al novelista, al cuentista, al dramaturgo y al ensayista, pero también para testimoniarle estima y admiración especiales, y el orgullo que sentimos cuando lo llamamos compatriota de la gran patria latinoamericana.
Pocos panameños saben que lejos de las luces de la fama, en silencio –para no decir clandestinidad–, ese arequipeño universal ha venido a esta ciudad que también es de los perros –hasta un candidato a presidente lleva ese sobrenombre–, no a mantener una conversación en la catedral sino con su hijo Gonzalo que vivió mucho tiempo, también él alejado de los reflectores, muy alejado, pues vivía nada menos que en Darién. (Anoche recordaba, no con nostalgia sino con pavor, los estragos que le hacían esos animalitos que aquí llamamos coloradilla, y que sólo después de muchos sufrimientos supo que lo único que los mantenía alejados era el kerosene sobado sobre la piel).
En alguna ocasión, por esta época de fin de año, me sorprendió verlos tan campantes, cenando en un restaurante, y tentado como estuve de saludar al escritor que tanto admiraba, no quise interrumpir un encuentro familiar, pese a la frecuencia con la que Gonzalo y yo almorzábamos con amigos comunes, porque intuí que así como muchos vienen a Panamá en busca de negocios y fortuna, un escritor de fama universal encontraba aquí el solaz que nadie tenía derecho de perturbar.
Pero como los espíritus insaciables nunca han sabido de descansos completos ni de ocios prolongados, Mario Vargas Llosa, aún de vacaciones terminaba visitando el Canal, no con la fascinación pasajera del turista sino con la acuciosidad propia del investigador, para preguntar por su funcionamiento, con las mismas avidez y curiosidad con las que había leído en su juventud a Julio Verne, a Alejandro Dumas y a Víctor Hugo.
Su ejercicio del periodismo, su vocación de investigador, su agudeza para observar y su precisión para describir personajes de la vida real tuvieron en Panamá una de sus expresiones más claras y palpables. Poco antes de su muerte trágica, Omar Torrijos le concedió al periodista Mario Vargas Llosa la que sería su última entrevista. Treinta años después, seguidores y detractores por igual, invocan aquella crónica como respaldo y sustento de sus posiciones frente a Torrijos. Unos y otros cortan como cirujanos las palabras exactas para elogiarlo o censurarlo desconociendo que la objetividad radica en el conjunto de la descripción y no en expresiones quirúrgicamente aisladas del contexto que no hacen sino distorsionarla.
Sí: Mario Vargas Llosa conoce nuestro país y lo ha visitado más de lo que muchos imaginan y en circunstancias que ya nunca más podrán repetirse, pues ahora se lo impiden la fama que trae aparejada el premio Nobel de Literatura y la admiración de sus miles de lectores.
Ahora, con motivo del décimo cuarto Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua, ha regresado a nuestro país, cargado gloria y de reconocimientos, pero con la misma sencillez y cordialidad del buen maestro, con el entusiasmo desbordado con el que pergeñó sus primeros escritos cuando no terminaba de salir de la adolescencia, con la misma disciplina para investigar con la que acometió La guerra del fin del mundo; con el mismo humor que transpiran las página de Pantaleón y las visitadoras; con la misma aversión a la dictadura del Chivo y a todas las demás; y con ese horizonte sin límites geográficos que nos regaló recientemente en El sueño del Celta.
Regresa a Panamá cuando ya no puede pasar inadvertido; cuando todos quieren testimoniarle aprecio y cariño, que no los originan el haber obtenido el máximo galardón de la literatura, sino el reconocimiento a una vida dedicada a las letras, al periodismo y a la enseñanza, sin que la celebridad lo haya envanecido, ni las conveniencias políticas de momento o los beneficios económicos hayan agrietado la reciedumbre de su honestidad intelectual.
Regresa a Panamá, pero ahora con el peso de la notoriedad a cuestas que harán imposible que pueda moverse, disfrutar, y escudriñar a placer los rincones de esta ciudad, como lo hacía antaño, cuando también aquí se sentía como pez en el agua.
Y enhorabuena que su visita se produzca en estos momentos en que se debate sobre el futuro de la libertad de expresión, pues difícilmente encontraremos una voz más respetada ni con más autoridad para defender ese derecho tan fundamental para el hombre y para la democracia.
Cuando el Forum de Periodistas por las libertades de expresión e información solicitó el otorgamiento del doctorado Honoris Causa para Mario Vargas Llosa, no lo hacía como reconocimiento a una trayectoria de escritor, ni siquiera a una vida dedicada al periodismo, sino a la verticalidad y a la valentía con las que ha defendido esas libertades. Pues con la misma vehemencia y convicción que plantea sus opiniones defiende el derecho de quienes lo controvierten o adversan.
Tanto cuando opina sobre literatura o arte, como cuando opina sobre religión o política, Mario Vargas Llosa genera adhesiones, contradicciones y polémicas. Es apenas natural: la política, la religión, la literatura y el arte pertenecen a los dominios del alma, por lo que cada cual los siente y los interpreta de diferente manera, y en distintos grados de apasionamiento.
Y la palabra de Vargas Llosa nunca ha estado condicionada por las conveniencias coyunturales o por concesiones de principios sólo para complacer o agradar. En los últimos seis meses hizo pública su intención de voto en las elecciones de sus dos patrias, Perú y España. Elogios, indignación, controversia. Pues así como existe un amplio consenso sobre la excelencia de su prosa, existe, como es natural un amplio disenso a la hora de juzgar sus preferencias ideológicas. Pero sea cual fuere la ubicación de cada uno dentro del espectro político, nadie puede regatearle el mérito de haber respetado siempre la opinión ajena y defendido la libertad de expresarla.
En realidad Mario Vargas Llosa no tiene dos patrias sino muchas. Dos nacionalidades a la hora de expresarlo en términos jurídicos. Pero si se trata de lo extendido de su pensamiento y de la amplitud de su universo creativo, son muchas o quizás todas las naciones las que en él confluyen, pues las barreras artificiales llamadas fronteras –que han generado guerras insensatas, crueles y absurdas—nunca han podido detener el flujo de la ideas ni las invasiones del pensamiento.
Dos nacionalidades a las que, al margen de los pasaportes, bien puede sumar la panameña. Fundamentos históricos abundan: Francisco Pizarro y Diego de Almagro partieron de nuestras costas –en realidad de la isla de Taboga que en aquel tiempo era el puerto de Panamá—para la conquista del Perú; y por aquí pasaron de vuelta los botines de aquella odisea. No deja de ser una metáfora de la vida misma de un escritor que siente a Perú y a España como el anverso y el reverso de una misma cosa, que el territorio que les sirvió de puente durante la colonia, sea el que hoy lo acoge con orgullo inmensurable, para otorgarle una nueva nacionalidad que no está avalada en disposiciones constitucionales pero sí sustentada en el cariño y la admiración.
Panamá le otorgó ayer a Mario Vargas Llosa su más alta condecoración, la Gran Cruz de la orden de Vasco Núñez de Balboa, y la Academia Panameña de la Lengua lo eligió, también ayer, como Académico Correspondiente. A esos galardones, ciertamente muy distinguidos, habremos de agregar, con humildad y gratitud el doctorado que honra a este claustro y honra también a este país del canal y de las coloradillas, que en las últimas horas se ha desbordado para demostrarle cuánta satisfacción sentimos de que esté una vez más entre nosotros.
En uno de sus discursos en Estocolmo el año pasado, cuando los elogios no terminaban de lloverle, el laureado con el premio Nobel de Literatura hizo del conocimiento público que es Patricia, su esposa, la que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que le ayudan a escribir y que ella le riñe diciéndole: “Mario, tú sólo sirves para escribir”. Si se me permite una licencia temporal para arrogarme, así sea por un instante, la representación de legiones de lectores, le quiero pedir a Patricia, en nombre de todos ellos, que siga soportando con estoicismo sus manías, neurosis y rabietas, para que la llama de su portentosa creación literaria no se extinga, y que no le exija tampoco que aprenda hacer más nada, que con que Mario sólo sirva para escribir, los amantes de la buena literatura, como en el final de los cuentos que leíamos de niños, viviremos felices para siempre.
Panamá, 22 de noviembre de 2011
La Cátedra Vargas Llosa es una iniciativa conjunta de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes con las universidades de Murcia, Valladolid, Europea de Madrid, Málaga, La Rioja, Alicante, Granada, Castilla-La Mancha, Las Palmas de Gran Canaria e Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), que han concedido al autor de El sueño del celta el doctorado Honoris Causa u otras distinciones de relevancia. El proyecto cuenta con el patrocinio de Banco Santander, a través de su División Global Santander Universidades; El Corte Inglés, la Comunidad Autónoma de Madrid, la Fundación Autor, Iberia y el Instituto Cervantes.
Dirigida por el periodista y escritor Juan Jesús Armas Marcelo, el Consejo Académico de la Cátedra está compuesto por Milagros del Corral, presidenta del Comité Científico del UNESCO Focus 2011; Jorge Edwards, embajador de Chile en Francia, Premio Cervantes en 1999; Inger Enkvist, hispanista sueca y experta en la obra de Vargas Llosa; Emiliano Martínez, presidente de la Fundación Santillana; Darío Villanueva, secretario de la Real Academia Española y director del Consejo Científico de la Fundación de la Cervantes, y Federico Ysart, de la Fundación Botín.